Mientras el Banco Central suma reservas y el dólar se mantiene estable, la inflación no termina de aflojar, los salarios siguen abajo y la actividad muestra señales claras de cansancio. El contraste entre finanzas y economía real vuelve a quedar expuesto.
En las últimas semanas, el frente financiero empezó a mostrar una foto más ordenada. El Banco Central aceleró fuerte la compra de dólares, el riesgo país volvió a moverse por debajo de los 550 puntos y el tipo de cambio se mantiene tranquilo, incluso con mayor demanda por turismo y pagos externos. Desde ese lado, el programa económico parece empezar a rendir frutos.
Solo en enero, el Central compró más de mil millones de dólares y en febrero siguió al mismo ritmo. Esa acumulación de reservas ayudó a reforzar la idea de que el esquema cambiario es sostenible y que, al menos por ahora, no hay presiones inmediatas sobre el dólar. De hecho, el tipo de cambio real volvió a niveles similares a los de mitad del año pasado.
El problema es que esa calma financiera no termina de bajar a tierra.
Del lado de la economía real, los datos empiezan a mostrar otra película. La inflación de enero fue más alta de lo esperado y volvió a ubicarse cerca del 3% mensual, incluso con un dólar que baja. Esa combinación empieza a generar ruido, porque cuando los precios siguen subiendo y el tipo de cambio no acompaña, la competitividad se erosiona y aparecen tensiones más adelante.
Los salarios tampoco logran recomponerse del golpe de 2024. Si bien en 2025 hubo cierta mejora, todavía no alcanza para recuperar lo perdido. En el sector público, los ingresos siguen muy por debajo de los niveles de hace dos años, y en el sector privado registrado la recuperación es parcial y muy desigual según la actividad. Hay sectores que lograron levantar cabeza, como minería o bancos, pero otros siguen claramente retrasados.
El mercado laboral muestra ese mismo patrón. Algunas ramas vinculadas a recursos naturales funcionan mejor, pero gran parte de los servicios, la industria y el empleo más tradicional siguen flojos. La utilización de la capacidad instalada cayó a uno de los niveles más bajos de los últimos años, una señal clara de que la producción no despega.
A eso se suma un dato que empieza a preocupar más: el aumento de la morosidad de las familias. Con tasas altas y salarios que no alcanzan, cada vez más hogares tienen dificultades para cumplir con créditos y consumos básicos. Es un síntoma típico de economías que se ordenan por arriba, pero todavía aprietan por abajo.
Las canastas que se usan para medir pobreza e indigencia también vienen subiendo por encima de la inflación general. Eso anticipa que la mejora social que se había visto en algunos trimestres podría frenarse o incluso revertirse en el corto plazo, aunque el dato oficial recién se conocerá más adelante.
El diagnóstico empieza a repetirse: las finanzas están mejor, pero la economía cotidiana todavía no arranca. El desafío del Gobierno ya no pasa solo por sostener la estabilidad cambiaria o acumular reservas, sino por lograr que esa estabilidad se traduzca en más actividad, mejores salarios y menos fragilidad en los hogares.
Si ese puente no aparece, el riesgo es que el desacople entre números prolijos y realidad diaria se vuelva cada vez más difícil de sostener.
