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Fate puede ser la primera de muchas

Con la inflación como prioridad absoluta, el mundo empresario empieza a asumir que las nuevas reglas llegaron para quedarse. El cierre de Fate no sería un caso aislado, sino una señal de una economía más dura, donde no todos van a poder adaptarse.

El cierre de la planta de Fate en San Fernando, que tras la conciliación obligatoria volverá a operar apenas por 15 días antes de un nuevo cierre probable, expuso algo que en el mundo corporativo ya se comenta en voz baja desde hace meses: el cambio de reglas de juego en la Argentina es profundo y no parece transitorio. Para muchos industriales, lo que viene no es una transición incómoda, sino una nueva normalidad.

La urgencia por bajar la inflación ordenó todas las prioridades del Gobierno y dejó en segundo plano viejos esquemas de protección. En ese contexto, algunas empresas empiezan a aceptar que sobrevivir va a requerir algo más que esperar un rebote. Ajustar estructuras, resignar márgenes o directamente salir del mercado aparece como parte del menú.

Más allá del avance de la reforma laboral, que el oficialismo muestra como uno de sus logros, el verdadero cambio estructural que espera buena parte del sector productivo sigue siendo la reforma tributaria. Hoy, para muchas industrias, la carga impositiva provincial y municipal pesa tanto o más que la nacional, sin que haya señales claras de alivio. Ingresos Brutos y tasas locales siguen funcionando como un ancla pesada, incluso en sectores golpeados.

En paralelo, el Gobierno empezó a mostrar una cara más activa del lado de las inversiones grandes. La ampliación del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones para proyectos de petróleo y gas en el upstream y para tecnología reactivó carpetas que estaban frenadas. En energía, minería y algunos segmentos industriales empiezan a aparecer anuncios concretos. En la industria automotriz, por ejemplo, varias terminales tienen inversiones listas para fabricar pick-ups e híbridos orientados a la exportación, aprovechando beneficios impositivos puntuales y un esquema más previsible.

Ese contraste es clave para entender el momento actual. Mientras algunos sectores encuentran una ventana para reconvertirse y competir, otros quedan expuestos. Fate representa ese segundo grupo. Con consumo en caída, importaciones más competitivas y costos locales altos, la empresa quedó atrapada en una dinámica que ya no ofrece margen. Y no es la única.

El problema es que el ajuste no se reparte de manera pareja. Provincias y municipios, con recaudación a la baja y agendas políticas propias, no muestran voluntad de ceder recursos. Y el organismo recaudador nacional tampoco afloja. En algunos casos, incluso se avanzó con intimaciones que el propio sector privado considera difíciles de justificar en el nuevo contexto macro.

La pregunta que empieza a recorrer oficinas, cámaras empresarias y casas matrices es incómoda pero inevitable: cuántas empresas están en condiciones reales de competir con estas reglas y cuántas sobreviven solo porque el sistema todavía no terminó de ajustarse. En ese sentido, Fate puede ser apenas el primer nombre visible de una lista que podría crecer.

El cambio de modelo no es neutro ni prolijo. Genera ganadores y perdedores, tensiones sectoriales y disputas abiertas. Algunas industrias ya están dando la pelea para no quedar afuera, otras evalúan vender activos o achicarse. Y otras, directamente, miran la salida.

En el fondo, el mensaje es claro: la Argentina que viene es más exigente. Para algunos sectores, eso abre oportunidades. Para otros, implica aceptar que el negocio tal como se conocía dejó de ser viable. Y esa adaptación, para muchos, recién empieza.

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