EN VIVO

¿Por qué una remera cuesta el doble en Argentina que en Europa o en Estados Unidos?

Un relevamiento de precios muestra que las mismas marcas internacionales venden ropa hasta 140% más cara en Argentina.

En los últimos días volvió al centro del debate el precio de la ropa en Argentina. Y esta vez no fue por una sensación subjetiva, sino por números concretos. Un relevamiento comparó productos idénticos de marcas internacionales que se venden tanto en el mercado local como en Europa y Estados Unidos. El resultado fue contundente: vestirse en Argentina es significativamente más caro.

En promedio, los mismos productos cuestan más de un 65% adicional. En algunas marcas, la diferencia es todavía mayor. En Zara, por ejemplo, los precios llegan a ser hasta un 140% más altos. Un pantalón que en España se consigue por poco más de sesenta mil pesos, en la Argentina se vende cerca de los ciento cincuenta mil. La brecha se repite en remeras, perfumes y prendas básicas, lo que descarta que se trate de bienes de lujo.

Un patrón similar aparece en Decathlon. A pesar de su reciente desembarco en el país, sus productos ya son, en promedio, casi un 90% más caros que en Francia. Levi’s también muestra diferencias significativas frente al mercado estadounidense, con prendas que llegan a costar casi el doble, aunque existen algunos casos puntuales con brechas más acotadas.

La excepción más llamativa es Adidas. En promedio, sus precios en Argentina resultan levemente más bajos que en Europa o Estados Unidos, e incluso la camiseta de la selección nacional se vende más barata que en Alemania. Sin embargo, esto no implica que Adidas sea accesible, sino que rompe con una regla que en el resto de las marcas se cumple casi sin excepción.

El punto central es que esta diferencia de precios no puede explicarse únicamente por la carga impositiva. Atribuir el problema solo a los impuestos es una simplificación que deja afuera factores clave. Durante más de dos décadas, Argentina mantuvo un esquema de protección comercial muy elevado en el sector textil. Esa barrera redujo la competencia externa, desincentivó la inversión y limitó las mejoras de productividad.

A ese marco se sumó una macroeconomía inestable, marcada por inflación crónica, financiamiento caro y falta de escala. El resultado fue una estructura de costos alta que terminó trasladándose de manera sistemática a los precios finales que pagan los consumidores.

Por eso el debate reaparece con tanta fuerza. Durante años, millones de argentinos pagaron ropa dos, tres o incluso cuatro veces más cara que en otros países para sostener un sistema que nunca logró modernizarse ni volverse competitivo.

La discusión de fondo no es ideológica. Es económica. La pregunta que vuelve a plantearse es si vale la pena seguir protegiendo un esquema caro e ineficiente o si llegó el momento de pensar cómo bajar precios sin destruir empleo. Un debate incómodo que, esta vez, parece difícil de esquivar.

Scroll al inicio